lunes, 12 de abril de 2010

As time goes by... La Estatua de Sal sale del closet



Recuperación de un pasado reiteradamente vuelto ante nuestros ojos, La estatua de sal de Salvador Novo traza las líneas ocultas de la vida mexicana. José de la Colina señala que estas memorias son, acaso, la primera obra en nuestro medio en que la propia homosexualidad es recreada sin culpa. Con este texto, el autor de La tumba india da comienzo a su colaboración mensual con nosotros.

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Hacia 1955 vivía yo en un cuarto rentado en su casa de la calle de Hamburgo por la viuda de Rousset, una señora de edad bíblica, muy pequeña, arrugada y blanca, disciplinada seguidora de una dieta de sólo jocoque, nueces, pasas y tés de manzanilla, inesperada lectora de Vargas Vila, cuyo andar de pasitos cortos era una misteriosa forma de la quietud, que se perdía en susurros largos y melodiosos y hablaba de un modo que yo encontraba poético; por ejemplo, decía para dar una idea de su edad: “Soy de antes del espanto” (¿la Revolución?), o “Eso fue cuando salió la olímpica ilusión” (¿el vals de 1888 y de Juventino Rosas?).

El apartamento, en un segundo piso, era de estilo moderno pero asfixiado por un profuso mobiliario “del porfiriato” siempre envuelto en grandes paños blancos. En la cocina la viuda criaba blancos gusanos productores de jocoque a los que hablaba con voz quedita y cariñosa para que se reprodujeran, cosa que los monstruitos blancos hacían con tal entusiasmo que ocupaban más y más recipientes y yo los imaginaba desbordándose un día a todas las habitaciones. En los delirios de mis noches insomnes (fue realmente una temporada difícil en muchos sentidos) creí más de una vez oír el rumor de aquella incesante explosión demográfica de los bichos; y en las mañanas, al asomarme a la ventana, veía en la acera de enfrente una librería de libros poco halladizos en otras partes, atendida por un refugiado español, anarquista y me parece que llamado (de veras) Hermoso Plaja. La librería tenía por nombre El gusano de luz. Y tantos gusanos reales o simbólicos, luminosos o blancos, y tanto no dormir, me creaban un ambiente de blanca pesadilla del que terminaría huyendo para recaer, rabicaído, en la madriguera familiar.

En casa de la viuda conocí y traté a su hijo Guillermo Rousset Banda, un asombroso erudito en historia y técnicas literarias, pero casi ágrafo, de quien mi memoria sólo archivaría la admirable primera cuarteta de un nihilista soneto publicado en plaquette de, creo, once ejemplares:

Pasar canijo, sotapuñetero,
Que sólo más espinas en el campo.
Menudas chingaderas hoy me zampo
Por fosca contraparte. Vivir huero.

Con Rousset colaboré en la corrección tipográfica de los poemas secretos de Salvador Novo.1 Y en esos días tuve noticias de La estatua de sal.

– 2 –

En aquel año Salvador Novo, en su casa de la calle de Coyoacán que hoy lleva su nombre, ofreció una cena a Rousset Banda, Antonio Castro Leal Jr., Armando Cámara, Florencio Sánchez Cámara, Raúl Kamffer, Armando Ramírez, Alfonso Alarcón y otros jóvenes admiradores suyos, recientes editores amateurs y refinados de sendas ediciones minoritarias de sus Poesías y de su “poesía secreta”.

Para evitar la mala suerte de los trece a la mesa se invitó además a un joven asturiano, exiliado de la guerra civil española, bohemio, aspirante a poeta maldito, llamado (de veras) Inocencio Burgos: un muchacho moreno aceitunado, de frente abombada, que canturreaba, sin técnica pero no sin gracia, coplas similiflamencas (“La niña de fuego / te llama la gente / por lo que tiés de putilla, / y lo que tiés de caliente”). Novo le encontró, además de la tendencia al “habla en difícil” (“Ahora estoy en la temática de lo grotesco, ante el planteamiento de…”, etc.), un “aire remoto de García Lorca”. Y como once años antes, según decires, Lorca y Novo reunidos por azar en Buenos Aires habrían tenido un breve pero intenso love affair que el mexicano trasvistió luego en el “Romance de Angelillo y Adela”, escrito por Novo; éste se pasó la velada echando ojeaditas tiernas al inocente Inocencio, quien, escandalizado, finalmente susurró al oído de Rousset: “¿Qué coño quiere de mí este tío?”, y Guillermo le susurró a su vez: “¿El coño, Inocencio? Más bien quiere de ti otra cosa”.

En la cena, que púdicamente narraría en una de sus “Cartas de ayer y hoy” de la revista Mañana,2 Novo, aparte de las tiernas miradas a Burgos, en quien veía sin duda a un Lorca de peor es nada, presentó un entero festival de sí mismo. No sólo deslumbró a los convidados con una minuta por él preparada o dirigida (old fashions, ensalada de mariscos, consomé, jamón holandés con fina guarnición, douceurs, café, coñac) y con su persona decorada de anillos, peluquín y gestos de dandy ceremonioso, sino además los apantalló con la lectura “confidencial” de fragmentos de sus Memorias, que, comenzadas a escribir en los años cuarenta, en su mejor momento de prosista, no tardarían en detenerse en la estatua de sal que les daba título. Burgos, atiborrado de coñac, se durmió en un sillón, y los demás, sentados al borde de la silla y encantados, atendieron a la lectura parcial de esa “obra secreta” del maestro, de la que Rousset me dejaría conocer unas páginas más o menos picantes en copias al carbón. Y acaso porque Novo me simpatizaba poco por su hostilidad al exilio español, al que yo todavía me esforzaba en seguir perteneciendo, olvidé esas páginas.

– 3 –

Ahora he leído en una noche La estatua de sal, la sabrosa autobiografía trunca de un hombre, príncipe de la anécdota y del epigrama, publicista solicitado, gozosamente venal y banal, que se jactaba de tener más vida que biografía (o, como él decía, una vida que, de ser escrita, “heriría las buenas costumbres”). El libro, casi seguramente la primera y no culposa manifestación de homosexualidad en las letras mexicanas, obra valiente para su tiempo y su circunstancia, se quedó inédito no por un hipotético respeto del autor a la decencia y el medio tono mexicanos, púdicas virtudes públicas que le dejaban frío, sino a causa de postergaciones, fracasos y contratiempos editoriales. En el documento y sagaz prólogo a la actual primera edición,3 Carlos Monsiváis ve muy bien “el caso Novo”. Ante una sociedad hipócrita y de una larga tradición en el escarnio y la represión moral y social de la sexualidad disidente, es decir, como diría Eliot, no polifiloprogenitiva, Novo se defendía y hasta atacaba con las poses dandísticas la sinuosa y guiñadora prosa, la ironía hacia todos y hacia sí mismo, el gran prestigio de cronista social e incluso político que lo volvía respetable y comercializable precisamente en los pisos superiores de esa sociedad. Además, respondía con un libro que, descontadas fantasías y complacencias, es esencialmente sincero. Un libro que, de ser publicado en aquellos tiempos aún no permisivos, hubiera sido un tranquilo acto de valentía, y en principio lo es.

Porque escribir un libro “de confesiones de homosexual”, y proponerse publicarlo, como lo intentó México en los años sesenta (años en los cuales, cuenta Monsiváis, aún podía dejar estupefactos a los posibles editores, los no mojigatos Emmanuel Carballo y Rafael Giménez Siles), supone una osadía rara en el medio: Pellicer y Villaurrutia, por nombrar grandes poetas también homosexuales, han dejado confesiones entre líneas o disfrazadas, por lo demás a veces angustiadas o vergonzantes, pero no dejaron un libro que afirmara la diferencia asumida claramente y sin desgarrarse las vestiduras. Novo, en apariencia el más frívolo de los Contemporáneos, sí quiso hacerlo. Y en gran parte lo hizo en esos dos centenares de páginas que son su busca del tiempo pasado, de la sal que había sido estatua, de la estatua que había sido un soñado efebo, del efebo que se echó a perder. ~

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1 Como pago de mi colaboración Rousset me dio un juego de segundas pruebas corregidas de mano del autor. Años después, para poder vender esas páginas hológrafas a un bibliófilo, Rousset mismo, durante una visita a mi casa, las recuperó con experta mano, más rápida que mi incauto ojo.



2 Recogida en Salvador Novo, La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, t. II, pp. 168-170.



3 Salvador Novo, La estatua de sal, pról. Carlos Monsiváis, México, CNCA ("Memorias mexicanas"), 1998, 148 pp.


José de la Colina, 1999


domingo, 11 de abril de 2010

En Ítaca, Penélope (Memorias del niño divino)

Como Godot, Guillermo Rousset nunca llegó –o más bien, llegó tarde para avisar que no llegaba, y se fue. Lo esperaban mis padres una noche. Sobre la mesa del comedor había viandas y alcohol, platos y vasos. Un hijo muy enfermo era la razón. Rousset era el dios tutelar de todas las enfermedades del alma y una leyenda en la familia y entre los conocidos. No recuerdo las cifras, de cualquier manera impresionantes, y a saber si verídicas: ocho o diez o doce matrimonios. Decía mi padre, divertidísimo: eso es lo de menos; lo que pasa es que Guillermo cada vez que se divorcia, cambia de casa y cambia de empleo. Vaya tipo. Comunista que entraba y salía del partido, un día mató a un hombre. Unos dicen que el muerto era policía; otros, que mató por celos. Huyó a Francia y luego a Argelia. Allá mató a otro hombre. Huyó. Regresó a México, a mediados de la década de 1970, cuando faltaban meses para que prescribiera el delito del primer homicidio. Lo encerraron. Salió y fundó una editorial. Dicen que organizó un partido pro-albanés y otro pro-coreano. Mucho tiempo después, a saber por qué, me invitó a su casa para hablar de Francisco Bulnes (quien lo obsesionaba casi tanto como Ezra Pound). Tocamos este tema y aquel, y repentinamente empezó a enfurecerse con una mujer ausente. Armando Cámara me mira a los ojos y me dice sin emoción: ya vete. Me fui. Vaya tipo.

Por Ariel Rodriguez Kuri

Los Alarifes del Fuego

Capítulo I
Las artes insensibles

Entré en contacto con la Hermandad de los alarifes del fuego, porque consideraron digno de toda atención el alebrije en bronce de Axotla. Les pareció revelador del dominio magistral de las fulguraciones. La Hermandad decidió investigar porque tal maestría no es un hecho fortuito, requiere una ahincada tradición y un mundo imaginario que involucre las llamas en su más sutil composición. Las deliberaciones de la Hermandad parecen un hecho fortuito pero son, en verdad, dictámenes. Su tradición inmemorial no le resta construir su mundo contemporaneo.

La Hermandad permite un acceso gradual a este mundo casi incomprensible porque nuestra aproximación como seres humanos al fuego es controversial. De pronto no permiten la aproximación a los sitios donde la Hermandad se reune o reposa, donde gesta su historia actual y registra los antecedentes decisorios. La Hermandad reconoce sus defectos potenciales y los vigila porque el celo de algunos adictos se excede y precipita sin el dominio necesario sucesos cruentos cuando la atmósfera ignea se desborda. La Hermandad obstruye los fuegos fatuos y propaga su pensamiento: el fuego filosofal.

El actual Eremita, creció con la Hermandad, su vida coincidió con el risorgimento de los alarifes. No hizo nada, solo dispuso su tiempo para la propia obra en el universo del fuego. Sus obras cinéticas contienen la alteridad del ser, y la convicción -cierta- de que el encuentro del hombre con el fuego cambia la faz del universo.

El Eremita señala a sus discipulos que el mundo transcurre en una serie de cajas negras donde el hombre refleja su obra. Las espirales del fuego dieron origen a los enigmas, al pensamiento móvil y la ilógica casi insensible del artificio igneo. Durante un minuto en la historia de la Hermandad (mil quinientos años) estableció la distinguida cohorte alimentada con lo frío y lo cálido aunque en extremos sin temperatura, dados en unidades intensas o atmósferas (como Les Nympheas en el Museo de L'Orangerie) coincidentes. Las sombras fijas no huyen y se abrazan con el fuego en varias dimensiones... como la desaparición volcánica de Empédocles. El Eremita sabe que el fuego señoréa los diseños táctiles que esgrimen o practican los hermanos alarifes. Esa disciplina está contenida en las gárgolas eclesiales. El Eremita nos pide no confundir el fuego con la luz... puesto que puede apagarse y el fuego es irrecuperable.

El preservador del fuego, tiene la más alta función entre los alarifes y su mester se remonta a los tiempos bosquimanos donde alguién estaba a cargo siempre de no permitir que el fuego se apagara. Con la pasión que siempre tuve y acicateado por algo de dinero, me dediqué a explorar su elusiva personalidad que variaba -tal era su epidermis- con el tiempo mismo. Para el preservador, el fuego tenía estructuras y las conformaba en las materias que alimentaba en complicidad con los maestros alarifes, cuyos grados de familiaridad con el elemento se producían con la devoción misma de los talleres renacentistas. Todos podían captar la delineación del fuego para dejar cierta suerte al capricho de los objetos y una enorme validez al dominio del fuego que consideraban magistral.

La herramienta de los alarifes era el fuego mismo y su deseo consistía en imprecisar la sensación, hacerla tan insensible que se difuminara por la materia hasta conmover las capas más leves del sensorio, percibir la presencia espiritual y subjetiva del fuego en una búsqueda apasionante. -Me dijo el preservador- cuando contemplas las piezas resultantes en una galería sólo adviertes una parte mínima del proceso, la experiencia básica es cuando tu sensorio alcanza a distinguir, el elemento ausente y primordial, la llamarada. Todo esto se remonta más allá de los Asirios y Caldeos, de los egipcios y deriva de manera que podríamos llamar grosera en la disciplina inenarrable de los alquimistas y los geómetras.

El fuego -continúa el preservador- es infinito aun cuando se extinga y es la manera más eterea de modelar el espacio y a su propio ser condicionado a la materia que configura. Nadie puede decir qué formación adoptará el fuego pero si puede conformar los materiales en su entorno (estos son algunos de los secretos que preservamos). El mundo del fuego es elemental pero su movilidad libre es la creativa, cada llama incluye a la otra y todas abrazan el objeto. Nuestra tarea es que el fuego mantenga su originalidad pero no a la manera olímpica, sino que creemos en preservar la flama perpetua una necesidad ancestral, el fuego ha transcendido la historia del arte, aunque no deseamos que ese conocimiento se expanda porque podría desfigurarse. El arte del fuego es el más clásico. El fuego es la cosa misma y sólo pueden considerarlo efímero quienes desconocen las raices de la vida en sí, o para el caso su polaridad: la muerte y las cenizas. El universo es una gran luminaria o un inmenso cenicero. Entre estos dos extremos transcure el trabajo y la guarda de los objetos rituales en las montañas.

Capitulo II
La obra negra

Aquella tarde salí de mi despacho sin muchas esperanzas, la escasez de dinero no sólo me incluía sino que me dejaba fuera de cualquier posibilidad de supervivencia razonable. Un individuo me alcanzó y tomó del brazo. Pense que trataría de cobrarme algo. Una semana antes fuí conducido a la carcel por desacato a un instructivo de un juez que obedecía a sus amos de los almacenes de crédito. Me detuve dispuesto a cualquier cosa, no soy valiente pero sí preciso. Valiente no puedo serlo porque con trabajos mido uno setenta y mi edad es lo bastante avanzada para no poder competir con el menor bisoño. Sin embargo, me quedan algunos arrestos de ambos tipos.

Señor, dijo el uniformado, acompañeme- ¿De qué se trata? Le explicaré en el camino. No era cosa de discutir.

Fuimos hacia el centro de la ciudad. Paramos a un costado de Palacio, el tipo bajo y me dijo: suba por esa escalera. Así lo hice. Se abrió una puerta de madera con cristal. Una persona nueva me dijo: lo esperan. Entre por la siguiente puerta. Cuando vi al personaje que estaba enfrente, me espante. Nunca había hablado con nadie de ese nivel político, de modo que me lo callé. Lo hemos seleccionado para un trabajo muy específico, quise decírselo personalmente. El señor que lo acompañará es de toda mi confianza. El le dará los detalles. Buenas tardes.

Seguí al designado hasta una amplia oficina con todo tipo de aparatos y servicios.

Siéntese y tomelo con calma.
Así lo hago.
¿Está dispuesto a encargarse del trabajo?
¿Tengo alternativa?
Después de saber de que se trata, no.
¿ Y si no deseo saberlo ?
Me temo que usted recibió una orden.
Entonces no me haga perder el tiempo pregúntandome. ¿Cuanto me va a pagar?
Despreocúpese de eso.
No puedo, eso me preocupa. Necesito el dinero.
Bueno, nos pondremos de acuerdo.
Preferiría antes que despues.
Es usted obstinado.
No más que usted.

Así ingrese al caso de la Hermandad de los alarifes del fuego.

Capítulo III
El fuego filosofal

Hasta el presente el arte del fuego ha sido un arte minoritario por los escasos participantes, aunque sus consecuencias sean monumentales. Son menos todavía quienes participan en su periodo de incubación y lo saben muy mayor que las otras variedades artísticas, empero su impacto final es obviamente el más poderoso.

Por lo general se piensa que la fórmula del arte flamígero está muerta y que sólo la inmediata sensación vive. Pero la ecuación del fuego y la sensación no se oponen sino se acentúan, según los grandes maestros. Todos recibimos un flujo continuo de sensaciones, pero en la mayor parte de los casos no recibimos su impronta porque al parecer no existe rastro alguno de las igniciones anteriores. Pero su combinatoria tiene un contenido perdurable: sin tales cálculos las memorias las transportaría el viento.

Tranferir esta definición al arte no es extravagante como parecería porque los elementos invariantes del fuego pueden determinarse despues mediante otros signos. Hay una indivisible continuidad que dejó la llama en la materia y que los alarifes del fuego detectan para establecer la calidad de las vidas. Hay una dialéctica complementaria del amoroso fuego con la materia de que se alimenta y configura y en ambas fases del dilema queda la impronta de la otra. Los componentes dinámicos vienen a ser, las dimensiones del espacio, las dimensiones del tiempo, las dimensiones de las criaturas: muerte, vida, nacimiento; mañana, hoy, ayer; profundidad, amplitud, altura.

Si una y otra vez los alarifes del fuego han preservado su arte reconocen el futuro en el brazo firme del presente cuando coloca el objeto en la flama y las oportunidades y las opciones de su arte carecen de fronteras.

Guillermo Rousset Banda, 1996.

Consejos para el buen morir

Modo elegante de morir:

- Reclusión progresiva
- Disminución de los alimentos
- Escuchar música mientras se lee
- Continuar completando detalles de lo pendiente
- No emprender cuestiones de importancia
- Escribir sentencias exquisitas

Morir tranquilo sin más molestias

Guillermo Rousset Banda, Agosto 1996.

sábado, 10 de abril de 2010

La Despedida

Cuánto perdido,
mucho olvidado,
muy poco queda.

Tanta belleza,
alimentos de gusanos
y vuelta polvo.

Las mujeres pasan,
los verdaderos amigos quedan.

El odio ilumina,
el amor oscurece.

Guillermo Rousset Banda, Agosto 1996

México: El caso Rousset y la guerra sucia

3-10-2007

Por Mario Rivera Guzmán.


En 1978, cuando el recién nacido Uno más Uno sellaba el 'bloque histórico' entre pescados (del PCM) intelectuales y mapaches keynesianos (el maoísmo urbanizado y cultivado se iría agregando un poco después hasta convertirse en hegemónico...), apareció en las páginas de este diario, dirigido entonces por Becerra Acosta, un extraño desplegado cuya interpretación contribuiría en mucho a desentrañar las más perversas sutilezas de la guerra sucia en su afán por aislar a los jóvenes comunistas que habían tomado las armas organizadamente en la LC-23S. El desplegado estaba firmado por casi todas las plumas importantes del grupo Vuelta y, a la cabeza, por Octavio Paz. En él se solicitaba al presidente López Portillo y al entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, intercedieran para reconocer "el gran trabajo" que como traductor y poeta había realizado durante su corta estadía en la cárcel, nada menos que Guillermo Rousset Banda, dirigente comunista del PCM en el Distrito Federal en tiempos de las huelgas ferrocarrileras de 1958 y prófugo de la justicia por haber baleado mortalmente al amante de la madre de sus hijos.



Rousset se mantuvo prófugo durante más de 10 años y en ese lapso recorrió Francia, Colombia, China. Los llamados 'pescados' --seguidores todos de aquel hombre gris inventado por los soviéticos de nombre Arnoldo Martínez Verdugo--, contaban sinfín de historias sobre otros amantes de otras mujeres que había matado Rousset en su largo peregrinar, pero yo no les creía ni madre porque estos personajes le inventaban historias a todo el que discrepaba de ellos. Por ejemplo, del tío Gustavo Patiño --que murió en un desembarco contra el dictador Trujillo en la isla de Santo Domingo-- anduvieron diciendo estos mismos intrigosos que trabajaba para quién sabe qué policía durante su estancia en México. Que qué casualidad que se había sacado la lotería. Cosas parecidas dijeron de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas. En todo caso, en el juiclo que se siguió contra Rousset aquí en México después de que se le detuvo en el Aeropuerto Internacional de la capital en una de sus entradas clandestinas, sólo se le adjudicó el cadáver de Carlos Farías, de quien la prensa policíaca de aquel tiempo informó en su momento que portaba una credencial de la policía al ser tiroteado por el celoso enfurecido.



El clandestinaje del prófugo Rousset en México y sus actividades hacia la construcción del Partido del Proletariado Mexicano deben haber sido toleradas por los órganos de seguridad del Estado durante todo el pos 68, y hasta bien entrados los setentas, pero aquello terminó cuando Rousset y su grupo se negaron con todos sus argumentos a celebrar la reforma política de Reyes Heroles que terminó por neutralizar a viejos comunistas y troskistas. Entonces le hicieron pagar a Otelo por su crimen.



Rousset estuvo pocos meses en la cárcel, pero no deseaba permanecer por más tiempo ahí. Él sí que no tenía madera de estoico, pese a ser "dogmático". Así que se acogió al trato civilizado que le ofreció el grupo Vuelta, que no lo hacía renegar de lo que pensaba, pero lo obligaba a guardar silencio en cuestiones de política. En vista de las circunstancias, Rousset renunció a su faceta de teórico político y se refugió en cosas de la poética, reservándose el derecho para despotricar contra los " roedores de galleta" cuando ya tenía medio pomo de vodka adentro. Con el tiempo casi todos sus correligionarios en activo terminaron bajo las enaguas amarillas del perredismo. Los otros, como él, guardaron silencio.



Es muy probable que el ingeniero fino de la maniobra que liberó a Rousset Banda de su prisión, gracias a las presiones de Octavio Paz, fuera el poeta Eduardo Lizalde, prominente colaborador del grupo Vuelta y firmante al calce del desplegado de Uno más Uno con el que me desayuné aquella mañana, camino a mi odiada clase de matemáticas. Lizalde y Rousset habían militado en el PCM y habían sido expulsados del mismo en diferentes momentos. En el contexto de la guerra sucia contra la LC-23S, la neutralización de Rousset tenía un objetivo preciso. La Seguridad del Estado también hizo política para exterminar a los guerrilleros.